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Decepciones.

Sucias, amargas y afiladas como una cuchilla, se camuflan en forma de ilusión. Las decepciones no avisan, se lo llevan todo e incluso lo rompen. Nadie puede evitarlas ya que van a estar ahí siempre, acompañándonos en nuestro camino. Tras varias, quizá muchas de estas, he llegado a una conclusión: decepcionarse a uno mismo, duele mucho. Cuando no logras aquello que sabías a la perfección que eras capaz de conseguir. Saber que perdiste algo y que sin embargo no hiciste lo suficiente para recuperarlo. Que dejaste ir a la persona a la que más querías. Que nunca va a volver, y que estarás culpándote a ti mismo para el resto de tu vida. Quizá esa sea la más dolorosa.
Puede ser que nunca encontremos un solo adjetivo para describir los sueños. Si ese fuera el caso, los describiríamos como algo imposible o inalcanzable. Pero, ¿lo has intentado?

 Nosotros, las personas hemos estado persiguiendo lo más difícil desde que tenemos uso de razón. Tenemos esa extraña manía de perseguir lo imposible y más tarde darnos contra el suelo. Una y otra vez. Y no es hasta que nos duele de verdad cuando  decidimos parar.
Aun así, pienso que una vida sin sueños sería una vida sin sentido, aburrida. Horrible ¿verdad?

Cambiando de tema, muchas personas se decantan por el camino fácil. Ya sabéis, aquél pintado de rosa, el cuál creemos que nos llevará a algún sitio y no nos lleva a ninguna parte. Lo peor de ello es que en los caminos cortos es donde tenemos que pisar a aquellos que nos estorban. Y, por supuesto también podemos ser pisados. Y la verdad es que si alcanzamos ese sueño, ¿ahora qué? No sabes que hacer. Tampoco con quién celebrarlo. Y eso es lo más triste. Y todo porque has tomado el camino fácil, y también el más cruel. Has decidido deshacerte de las personas que de verdad han estado allí, apoyándote, y todo ¿para qué? ¿Para vivir una vida "fantástica" llena de personas falsas y mentirosas, las cuales cuando cometas un error te soltarán la puñalada?

Es entonces cuando yo os digo que luchéis por vuestros sueños, que no el camino más corto es siempre el más fructífero. Y, sobre todo que no olvidéis a aquellos que han estado allí de verdad, y lo seguirán estando. 
¿Nunca habéis sentido que no ha merecido la pena?. Que has descubierto, sorprendentemente, o no tan sorprendentemente, que todo por lo que has estado luchando, por lo que te has estado dejando la piel, ha tenido como recompensa aquello que más temías encontrar al final del camino...

Nada. Absoluta, solitaria y estúpida nada.

Después de saberlo es cuando viene el dolor, el cansancio, la rabia, la impotencia...
Sobre todo la impotencia. Sabes que has puesto todo tu empeño, que has dado todo de ti. Y, ¿para qué? Lo único que has conseguido es caer, sentirte vacía, herida.

Pero, al fin y al cabo, se trata de fallar mil y una, acertar mil y dos y, si puede ser, levantarse mil y tres. Creo que hasta ahora todos hemos probado el sabor amargo de la derrota. Aun así todos vamos a tener que pasar por esto. Ya sabéis lo que suelen decir, después de la caída vendrá el impulso, después de este, vendrá el salto y finalmente la muy esperada recompensa.

Sin embargo, el mejor sabor no se encuentra en el 'dulce' de una victoria no merecida, sino en el agridulce del impulso después de una dura caída.