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Algunas cosas suelen terminar en unos supuestos puntos suspensivos. Digo supuestos porque a veces la imaginación juega malas pasadas y aquello que creías que podía no haber terminado estaba completamente finiquitado. "Siempre" y "nunca" son palabras que quedan grandes en la boca al pronunciarlas y cuando lo haces, te arriesgas a mentir como una condenada. La vida es así, un cúmulo de giros bruscos que pueden llegar a marear incluso más que una atracción de feria. Absurda comparación, por cierto. No se puede saber cuando puede acabar algo, tampoco si ese algo llegará. Sin embargo decirlo no es malo ni bueno sino que demuestra que somos seres humanos, seres que nos equivocamos e ilusionamos y, obviamente, no lo podemos evitar. Sobra decir que todo el mundo sabe lo bonito que suena un "siempre" y la seguridad con la que podemos llegar a decir un "nunca". 
Nada tan grande como una sonrisa tuya a las 3 de la madrugada. Las luces nos cegaban pero nos transportaban a un lugar diferente. Un lugar donde todo era posible si permaneciamos enlazados, un lugar tan misterioso pero a la vez tan atrayente. No quise pensar que las luces podían apagarse y que podíamos ser tragados por la oscuridad.

Carta a un sueño roto.

Nada menos que respirar a tu lado. Era tu héroe cada día. Me salvabas en el infierno y me llevabas al cielo. Lo que queríamos ser y éramos. Porque sin ti todo es bastante diferente, ya no hay restos de café molido en el suelo, tampoco hay sueños de los cuales tú y yo nos alimentábamos cada día. Parecíamos y nos sentíamos tan grandes, tan llenos de ilusiones las cuales hoy yacen rotas en un cuarto de recuerdos aun sin contemplar. Pero todo es así, todo tiene un principio y también un final. Todo puede parecer tan correcto y a la vez tan incorrecto. Aun así las piezas, nuestras piezas, encajaban a la perfección. Sin embargo pudo ser cosa del destino, o de la casualidad tal vez, que las piezas empezaron a desencajarse, las ilusiones a tornarse de un gris monótono y nuestro "nosotros" se convirtió en nada. 

Decepciones.

Sucias, amargas y afiladas como una cuchilla, se camuflan en forma de ilusión. Las decepciones no avisan, se lo llevan todo e incluso lo rompen. Nadie puede evitarlas ya que van a estar ahí siempre, acompañándonos en nuestro camino. Tras varias, quizá muchas de estas, he llegado a una conclusión: decepcionarse a uno mismo, duele mucho. Cuando no logras aquello que sabías a la perfección que eras capaz de conseguir. Saber que perdiste algo y que sin embargo no hiciste lo suficiente para recuperarlo. Que dejaste ir a la persona a la que más querías. Que nunca va a volver, y que estarás culpándote a ti mismo para el resto de tu vida. Quizá esa sea la más dolorosa.